lunes, septiembre 29, 2008
lunes, septiembre 22, 2008
sábado, mayo 03, 2008
Las pruebas sobre la existencia de Dios
IntroducciónPrimera vía: Se funda en el movimiento
Segunda vía: Se basa en la causalidad eficiente
Tercera vía: Se fundamenta en la contingencia de los seres
Cuarta vía: Considera los grados de perfección que hay en los seres
Quinta vía: Se toma del gobierno del mundo
Desde la Biblia
Conocimiento de Dios por medio de la creación
Conocimiento de Dios por los grados de perfección
El testimonio de la conciencia
La experiencia de Dios
Vivimos en un mundo marcado por la cultura de muerte. Las constantes manifestaciones de rupturas con uno mismo como soledad, tristeza, sin sentido, búsquedas desenfrenadas de falsas seguridades; las rupturas con los demás traducidas en violencia, delincuencia, terrorismo, guerras, entre otras; no tienen otra causa que la ruptura fontal con Aquel que nos creó y nos conoce plenamente, Dios mismo. El anhelo de infinito que cada hombre experimenta en lo más profundo de su corazón se ve traicionado al cerrarle la puerta al Único que puede saciar esa nostalgia de eternidad.
En la historia de la humanidad siempre han estado aquellos que niegan explícitamente a Dios, los denominados ateos; otros que crean dioses a sus medidas trayendo como consecuencia visiones reducidas de Dios, como por ejemplo: los deístas, los panteístas, los idealistas kantianos, etc.
En nuestros días percibimos -por el avance del secularismo- la ausencia de Dios en las estructuras de nuestra sociedad, una sociedad que termina poniendo a Dios "entre paréntesis", regida por un estribillo cada vez más común: "si Dios no está en mi vida práctica y no tengo como probar si existe o no existe, entonces no me interesa".
Ante este panorama, los católicos enfrentamos la urgencia de hacer una opción clara y decidida por anunciar con sólidos argumentos que Dios sí existe y está muy cerca de cada uno de nosotros.
El hombre puede llegar al conocimiento de Dios de muchas maneras. Todas ellas responden tanto a la capacidad natural de la inteligencia humana de conocer la existencia de Dios, como a la Revelación divina que nos ofrece de El un conocimiento sobrenatural.
Por ello, seguidamente señalaremos los principales postulados que nos permiten afirmar que Dios existe, es real y es cercano.
Empezaremos con las cinco vías que Santo Tomás de Aquino desarrolló hace más de 700 años para demostrar la existencia de Dios, desde un conocimiento a posteriori, es decir una manera de aproximarse a la realidad divina desde la experiencia sensible, que va de lo conocido a lo desconocido, de lo sensible a lo espiritual, de los efectos a la causa suprema.
Primera vía: Se funda en el movimiento
1) Es innegable, y consta a nuestros sentidos, que hay cosas que se mueven, es decir, que cambian. No se trata sólo del movimiento en sentido físico (locomoción), sino en sentido metafísico, es decir, como paso de la potencia al acto (cambios de una condición a otra, de un ser a otro, etcétera).
2) Pues bien, todo lo que se mueve, cambia, muda o transforma es movido por otro, ya que nada se mueve más que cuando está en potencia respecto a aquello para lo que se mueve. En cambio, mover requiere estar en acto, ya que mover no es otra cosa que hacer pasar algo de la potencia al acto, y esto no puede hacerlo más que lo que está en acto. Por ejemplo, el fuego hace que un leño -que está caliente sólo en potencia- pase a estar caliente en acto. Pero no es posible que una misma cosa esté, a la vez, en potencia y en acto respecto a lo mismo, sino en orden a cosas diversas. Es imposible que una misma cosa sea, por lo mismo y de la misma manera, motor y móvil, como también lo es que se mueva a sí misma. Por consiguiente, todo lo que se mueve es movido por otro.
3) Pero, si lo que mueve a otro es, a su vez, movido, es necesario que lo mueva un tercero, y a éste otro. Mas no se puede seguir indefinidamente, porque así no habría un primer motor, y, por consiguiente, no habría motor alguno, pues los motores intermedios no mueven más que en virtud del movimiento que reciben del primero, lo mismo que un bastón nada mueve si no lo impulsa la mano.
Por consiguiente, es necesario llegar a un primer motor que no sea movido por nadie.
4) Este primer motor que no es movido por nadie es el que todos entienden por Dios. Luego Dios existe.
Segunda vía: Se basa en la causalidad eficiente
1) Nos consta por experiencia que hay en el mundo sensible un orden determinado entre las causas eficientes, pues están subordinadas esencialmente entre sí para la producción de un efecto común.
2) Pero no se da, ni es tampoco posible, que una cosa sea causa de sí misma, ni en el orden del ser ni en el de la operación, pues en tal caso habría de ser anterior a sí misma, y esto es imposible.
3) Ahora bien: esa serie de causas eficientes, subordinadas esencialmente entre sí, no se puede prolongar indefinidamente, porque siempre que hay causas eficientes subordinadas, la primera es causa de la intermedia, y ésta causa de la última. Cada una de estas causas actúa por influjo de las causas que la preceden. Y así tenemos que, suprimida una causa se suprime su efecto. Por consiguiente, si no existiese una causa primera, tampoco existiría la intermedia, ni la última. Si, pues, se prolongase indefinidamente la serie de causas eficientes, no habría causa eficiente primera y, por tanto, no habría efecto último, ni causa eficiente intermedia, cosa falsa a todas luces.
Por consiguiente, es necesario que exista una causa eficiente primera.
4) Esta causa eficiente primera, que no es causada por ninguna otra, a la que están subordinadas todas las demás causas; es decir, esta causa eficiente incausada es llamada por todos Dios. Luego Dios existe.
Tercera vía: Se fundamenta en la contingencia de los seres
1) Es evidente que hallamos en la naturaleza seres que pueden existir o no existir, pues vemos seres que vienen a la existencia por generación y seres que se destruyen por corrupción; es decir, seres que no tienen en sí mismos la razón de su existencia, sino que están condicionados por otros seres, y, por tanto, hay posibilidad de que existan y de que no existan. Estos seres reciben el nombre de seres contingentes.
2) Ahora bien: es imposible que los seres contingentes hayan existido siempre, ya que lo que tiene la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que no fue. Es decir, los seres contingentes, que tienen la posibilidad de existir y de no existir, reciben la existencia, no por sí mismos, sino por otro ser que ya existe. Así, pues, los seres contingentes son, por esencia, efecto, seres que piden causa, seres que alguna vez han comenzado a existir causados por otro.
Pero, como ya se demostró antes (segunda vía), es imposible y absurdo que haya una serie infinita de seres contingentes, es decir, de causas subordinadas, ya que es imposible que sólo existan efectos.
Por consiguiente, los seres contingentes exigen la existencia de un ser que no haya comenzado a existir; un ser no causado, que exista por sí mismo; un ser que ha existido siempre. A este ser se le llama ser necesario.
3) Pero el ser necesario, o tiene la existencia por sí mismo, o la ha recibido de otro ser necesario superior. En esta segunda hipótesis, si el ser necesario ha recibido su existencia de otro ser necesario superior, es imposible aceptar una serie indefinida de seres necesarios. Es forzoso, por tanto, admitir la existencia de un ser necesario que exista por sí mismo y que no tenga fuera de sí la causa de su necesidad, sino que sea causa de los demás seres.
4) A este ser necesario, que no tiene la existencia recibida de otro, sino que existe por sí mismo, en virtud de su propia naturaleza, es al que todos llaman Dios. Luego Dios existe.
Cuarta vía: Considera los grados de perfección que hay en los seres
1) Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, más o menos verdaderos y nobles que otros; y lo mismo ocurre con las diversas cualidades. Así, por ejemplo, nadie duda que el hombre es más perfecto que el animal; el animal, más perfecto que el vegetal; y éste más perfecto que el mineral. Lo propio se ha de decir de la bondad, de la verdad, de la nobleza y de otras perfecciones semejantes, las cuales están realizadas en todos los seres según una diversidad de grados, en virtud de la cual unos seres son más perfectos que otros.
2) Pero la diversidad de grados que se da en esas perfecciones, es decir, las cosas más o menos buenas, más o menos verdaderas, más o menos bellas, etc., suponen la existencia de lo máximo; están reclamando un ser óptimo, verdaderísimo, bellísimo, etc. En otras palabras, esos grados dc perfección son algo causado por otro, el cual, si posee esas perfecciones en grado limitado, las tendrá, a su vez, causadas por otro.
3) Pero como es imposible admitir una serie infinita de causas limitadas, causadas, en este proceso de ascensión, llegamos a una primera causa en donde todas esas perfecciones se encuentran en grado sumo y en toda su plenitud. Por lo tanto, ha de existir algo que sea verísimo, nobilísimo, bellísimo y óptimo, y por ello ente o ser supremo, pues lo que es verdad máxima es máxima entidad.
Ahora bien: quien tiene una perfección pura en grado máximo, o por esencia, es causa de esta perfección en todos aquellos que la poseen en grado inferior, o por participación. Además, no puede ser más que un único ser, una única perfección subsistente en sí misma, una única perfección en toda su plenitud y totalidad.
4) Por consiguiente, existe algo que es para todas las cosas causa de su ser, de su bondad, de su belleza y de todas sus perfecciones, porque se trata del Ser sumo, de la Verdad suma, de la suma Bondad; y a este ser todos lo llamamos Dios. Luego Dios existe.
Quinta vía: Se toma del gobierno del mundo
1) Vemos que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene, es decir, su plena evolución y desarrollo, o la conservación de su especie, o el orden dinámico del cosmos, etc., por lo que se comprende que no van a su fin obrando al azar, sin rumbo ni orientación, sino intencionadamente.
2) Ahora bien: los seres que carecen de conocimiento no pueden tender a sus respectivos fines si no los dirige un ser inteligente que conozca dicho fin, a la manera como el arquero dirige la flecha.
3) Esta inteligencia ordenadora no puede estar ordenada por una serie indefinida de inteligencias, sino que es preciso llegar a un ser inteligente supremo, que consiste en su mismo acto de entender, un entender infinito, subsistente y único; es decir, que es el origen y el fundamento de todas las demás inteligencias que conocen y dirigen las cosas carentes de conocimiento a sus propios fines.
4) Luego existe un Ser inteligente supremo que dirige todas las cosas naturales a sus respectivos fines, y a este Ser lo llamamos Dios. Luego Dios existe.
Desde la Biblia
Junto a estas cinco pruebas también podemos llegar a constatar la existencia de Dios aproximándonos a la realidad desde un fundamento bíblico:
a) Conocimiento de Dios por medio de la creación
La Sagrada Escritura atestigua este principio: la razón humana puede conocer a Dios por medio de la creación, pues las cosas creadas son testimonio permanente de su Autor y llevan a su Conocimiento con alcance universal.
En este sentido, en el Libro de la Sabiduría encontramos dos motivos por los cuales el hombre puede alcanzar el conocimiento de Dios. Uno es la belleza que hay en las criaturas: por la contemplación de las diversas bellezas creadas, el hombre puede alcanzar el conocimiento de Aquel que es la fuente de toda belleza, Dios, Belleza Suprema. El otro motivo es el poder y la fuerza que existe en la naturaleza creada: las fuerzas de la naturaleza son un reflejo de la Omnipotencia de Aquel a quien se someten todas las potencias.
"Vanos son por naturaleza todos los hombres que ignoran a y no alcanzan a conocer por los bienes visibles a Aquel-que-es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice; sino que al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como dioses, rectores del universo. Si, seducidos por su belleza, los tuvieron como dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de todos ellos, pues es el Autor mismo de la belleza quien los creó. Y si se admiraron de su poder y de su fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su Creador; pues, de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se llega por razonamiento al claro conocimiento de su Autor. Con todo, no merecen éstos tan grave reprensión, pues tal vez caminan desorientados buscando a Dios y queriéndole hallar. Ocupados en sus obras, se esfuerzan en conocerlas, y se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan bellas se presentan a sus ojos! Pero, por otra parte, tampoco son éstos excusables; porque, si llegaron a adquirir tanta ciencia y fueron capaces de investigar el universo, ¿Cómo no llegaron más fácilmente a descubrir a su Señor?" (Sabiduría 13, 1-9).
b) Conocimiento de Dios por los grados de perfección
Los grados de perfección que el hombre conoce en la naturaleza reflejan la perfección absoluta de un Dios único y personal, al que todos los hombres son llamados a adorar y a seguir.
"La cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres, que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos, y su insensato corazón se llenó de tinieblas: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso, Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén". (Rom 1, 18-25; ver Hech 14, 14-18; 17, 22-30).
En esta carta, el Apóstol San Pablo enseña claramente que el que no reconoce a Dios lo hace por opción libre, pues no se trata sólo de no percibir lo invisible de Dios en las cosas visibles, sino de un cerrazón del corazón que no quiere reconocer a Dios como Señor, y le niega el dominio sobre el hombre y sobre las cosas. Así, el hombre se degrada, no es capaz de reconocer su puesto en un mundo que se ha convertido en desordenado y caótico, y no acierta a descubrir la dimensión divina que aflora en todas las cosas.
c) El testimonio de la conciencia
Asimismo, en la Sagrada Escritura encontramos otro medio a través del cual el hombre puede conocer a Dios: se trata de su conciencia, la cual expresa tanto la existencia de Dios como la ley natural que Dios escribió en el corazón de todo hombre.
"Cuando los gentiles, que no tienen Ley, cumplen las prescripciones de la Ley guiados por la razón natural, sin tener Ley son para sí mismos Ley -es decir, obran según su conciencia-. Y con esto muestran que los preceptos de la Ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia con los juicios que, alternativamente, ya les acusan o bien les defienden". (Rom 2. 14-15).
Los que no han recibido la Revelación de Dios conocen por su razón natural los principios esenciales que informan la ley natural. En la intimidad de su corazón, todo hombre tiene grabada una ley moral natural que participa de la ley eterna de Dios.
Por último, podemos también llegar a demostrar la existencia de Dios desde la propia experiencia interior.
Experiencia personal de Dios
Hay muchas personas que no necesitan de esos argumentos antes señalados para creer y amar a Dios, la experiencia interior de percibirse volcado hacia algo eterno lo conduce hacia Aquel Único Eterno, Dios mismo que toca el corazón para entrar en una infinita comunión de amor, en un diálogo personal e intenso.
Es más, el mismo hecho de estar en mayor sintonía con el sello que con su Imagen Dios ha marcado al hombre, lleva a la persona a acercarse a Dios de manera natural, teniendo la convicción de la existencia de Dios como la luz del día o las estrellas de la noche.. Justamente, como imagen de Dios, el hombre conserva esa convicción divina no como algo extraño y añadido por la presión de la cultura, sino como algo propio, como el fundamento radical de su ser, como la luz que explica el dinamismo de su vida, y como el amor en el que encuentra su plenitud.
Ejemplos en la historia de la Iglesia hay muchos, que al momento de ver el propio interior se encuentran con Aquel que ilumina cada espacio del propio ser.
Vemos esto en el testimonio de San Agustín: "Y he aquí que oigo de la casa vecina una voz, no sé si de un niño o de una niña, que decía cantando, y repetía muchas veces: ¡Toma, lee; toma, lee! Y al punto, inmutado el semblante, me puse con toda atención a pensar, si acaso habría alguna manera de juego, en que los niños usasen canturrear algo parecido; y no recordaba haberlo jamás oído en parte alguna. Y reprimido el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando que no otra cosa se me mandaba de parte de Dios, sino que abriese el libro y leyese el primer capítulo que encontrase. Porque había oído decir de Antonio, que por la lección evangélica, a la cual llegó casualmente, había sido amonestado, como si se dijese para él lo que se leía: "Ve, vende todo cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; y ven y sígueme" (Mt 19, 31); y con este oráculo, luego se convirtió a Vos. Así que volví a toda prisa al lugar donde estaba sentado Alipio, pues allí había puesto el códice del Apóstol al levantarme de allí; lo arrebaté, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos: 'No en comilonas ni embriagueces; no en fornicaciones y deshonestidades; no en rivalidad y envidia; sino vestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no hagáis caso de la carne para satisfacer sus concupiscencias' (Rom 13, 13-14). No quise leer más, ni fue menester; pues apenas leída esta sentencia, como si una luz de seguridad se hubiera difundido en mi corazón. todas las tinieblas de la duda se desvanecieron".
También, como testimonios más cercano a nuestra época, tenemos al Cardenal Newman, que en su afán de profundizar en la vida interior, se convierte al catolicismo por la oración y el estudio. Asimismo, está Claudel que se siente conmovido en su espíritu al oír el canto del Magníficat en una tarde de Navidad; y confiesa:
"Qué dichosas son las personas que creen! Pero... si fuera verdad... ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! Me ama. Me llama".
CRONOLOGIA DE LA VIDA DE JESUS
Jesús de Nazaret existió realmente. Los testimonios históricos de la existencia de Jesús son muy variados. En primer lugar, destacan los del Nuevo Testamento, pero también tenemos testimonios extrabíblicos de la existencia histórica de la persona de Jesús de Nazaret, tanto por parte de los judíos como de los paganos contemporáneos a Jesús.
1. Nacimiento
No es fácil determinar el año del nacimiento de Jesús. Los datos son:
- Jesús nació en los «días del rey Herodes» (Mt 2, 1). Jesús regresó de Egipto a la muerte de Herodes, reinaba Arquelao en Judea como Tetrarca (Mt 2, 22).
- Teniendo en cuenta que Herodes el Grande murió 4 ó 5años antes de la era cristiana, y que Jesucristo nació bajo su reinado, hemos de concluir que Jesús nació entre los 6 y 7 años antes de lo que habitualmente pensamos, es decir, unos dos años, al menos, antes de la muerte de Herodes. Al afirmar que el nacimiento de Jesús fue dos años antes de la muerte de Herodes, nos apoyamos en que el rey hizo matar a todos los niños de Belén de menos de dos años. Debieron ser los Magos los que le indicaron la edad que aproximadamente tenía el niño al que iban a adorar.
- Fue un monje, Dionisio el Exiguo, que calculó en el siglo V el año del nacimiento de Jesucristo y cometió este error.
- Además, otras fechas que dan indirectamente los evangelios (el censo de Quirino, gobernador de la Siria; Poncio Pilato, procurador de Judea) y que se conocen exactamente por la historia de Roma, confirman esta fecha.
- En conclusión, Jesucristo nació 6 ó 7 años antes de la era cristiana.
- Se desconoce el día.
2. Principio de la vida pública
San Juan el Bautista comenzó a predicar el «año quintodécimo del reinado de Tiberio Cesar» (Lc 3, 1), que sucedió a Augusto el año 14 de la era cristiana, aunque ya había estado asociado al gobierno del Imperio desde el año 12. Si San Lucas tomó una u otra fecha nos lleva al año 27-28 ó 26-27 de la era cristiana como inicio de la predicación pública de Jesús. Si San Lucas además tuvo en cuenta el año judío, que comienza en otoño, hay un año más de diferencia.
Jesús tenía «unos treinta años» (Lc 3, 23) cuando comenzó a predicar, que quiere indicar la madurez, por tanto, la edad del Señor debe situarse por encima de los 30, entre los 32 ó 33 años.
3. Duración de la vida pública
En el relato del Evangelio de San Juan, Jesús celebra tres Pascuas: la primera en Jerusalén, la segunda en relación a la multiplicación de los panes y la tercera la de su Pasión, y esto son dos años y meses como tiempo de predicación pública de Jesús.
Los sin ópticos mencionan una sola Pascua, y esto da un año de predicación.
Casi seguro que Jesús predicó algo más de dos años, como dice San Juan. Lo sabemos porque San Juan escribió su Evangelio el último y lo hizo, entre otras razones, para aclarar lo que en los otros Evangelios es confuso, como lo que estarnos diciendo: las Pascuas que celebró Jesús en su vida pública.
4. Fecha de la muerte
Todos los evangelistas están de acuerdo que murió un viernes. San Juan precisa que «los judíos no entraron en el Pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua» (Jn 18, 28), y por eso el día era el 14 de Nisan, día tradicional de la Pascua.
Los cálculos astronómicos dicen que los días en que el 14 de Nisan cayeron en viernes en aquella época, son el 13 de abril del año 27; el 18 de marzo del año 29, el 7 de abril del año 30 y el 3 de abril del año 33.
Ahora bien, también los sinópticos dicen que la Ultima Cena fue la cena de Pascua: «ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de morir» (Lc 22, 15). y Jesús celebró la Ultima Cena el jueves por la noche.
Para conciliar estas dos Pascuas - la del viernes y la del jueves- hay numerosas hipótesis. Una de ellas, señala que hay dos fechas para la celebración de la Pascua, que serían el 13 de Nisan para los fariseos y el 14 de Nisan para los saduceos.
Otra posibilidad, que se conoce después de los descubrimientos de los manuscritos del Qumram, es que en tiempos de Jesús existían dos fechas para la celebración de la Pascua: una fecha oficial, que fue viernes, el día que murió el Señor, y la tradicional o popular, que fue el jueves, día del prendimiento del Señor y Santa Cena.
La fecha más probable de la muerte de Jesús es el 7 de abril del año 30 ó el 3 de abril del año 33.
Se desconoce la fecha exacta del nacimiento de Jesús, pero en el 334 d.C. el Papa Julió I estableció que Jesús había nacido el 25 de Diciembre, coincidiendo con otras fiestas paganas. Curiosamente, una de las fechas que se barajaron son el 16 o 20 de Mayo, por ejemplo.
B. HISTORICIDAD DE LA FIGURA DE JESUS
1. Los cuatro Evangelios
Ya hemos comentado la crítica racionalista a la figura histórica de Jesús. Pero la historicidad de las narraciones evangélicas está fuera de duda tal como ha demostrado la misma crítica histórica. Por ejemplo, San Lucas precisa el momento en que Jesús inicia su predicación «El año quintodécimo del imperio de Tiberio Cesar, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, Tetrarca de Galilea Herodes, y Filipo su hermano, Tetrarca de Iturea y de la Traconitide, y Lisania Tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías ...» (Lc 3, 1-2). Todos estos personajes, desde el emperador romano a los reyes de Israel, son conocidos históricamente por documentos extrabíblicos.
Los cuatro Evangelios son unas biografías fragmentarias de Jesús, que no pretenden narrar con toda precisión la historia del Señor, sino que quieren enseñar la fe en la figura y en la doctrina de Jesús. Ahora bien, a pesar de que no son libros meramente históricos, la persona y figura de Jesús aparece claramente descrita y no es una entelequía perdida en la Historia Universal.
Conocemos los datos históricos que rodean su nacimiento, su vida pública y su muerte. Sabemos, que es hijo de María, que nació en Belén, que se le creía hijo de José, que era artesano, que vivió en Nazaret, que se trasladó a Cafarnaún, quienes eran sus amigos y discípulos, etc.
Más aún, el transfondo de las narraciones evangélicas, la situación social, política y religiosa de los tiempos inmediatos a la insurrección contra los romanos por los años 60 de nuestra era, es totalmente coincidente con los datos que narra Flavio Josefo y Filón. La coincidencia sustancial de los datos judíos y evangélicos es notoria.
La misma sencillez de la narración, lejanísima de todo artificio literario, avala la fidelidad histórica de los hechos narrados. Los Apóstoles dan datos de la vida de Jesús para enmarcar o destacar sus afirmaciones doctrinales.
Otro claro indicio de la fidelidad histórica de los Evangelios es el empleo de frases y giros que estaban en uso en tiempos de Jesús y que en cambio desaparecen después. Expresiones como Hijo de David, Hijo del hombre, Reino de los Cielos en vez de Reino de Dios, las parábolas, las formulaciones rítmicas como la del "Padre nuestro", etc. indican su orígen arameo.
La misma descripción de la personalidad de los Apóstoles, con sus defectos tan evidentes, señalan la carencia de retoques posteriores y el deseo de narrar exactamente lo que sucedió sin intentar mitificar o encumbrar sus figuras de hombres corrientes de su tiempo: pescadores, cobradores de impuestos, etc.
Los Apóstoles son claros en sus afirmaciones históricas. En las narraciones evangélicas no aparece ni la más pequeña sombra de duda que los hechos narrados sucedieron realmente así. Incluso las pequeñas contradicciones, número de mujeres junto a la Cruz de Cristo, en el sepulcro, las horas, etc. señalan su autenticidad histórica. Cada evangelista narra lo que sabe, sin ponerse previamente de acuerdo con los otros para escribir historia coherente en todos los detalles. Eso sería un signo de falsedad histórica.
Los Apóstoles son judíos, radicalmente monoteístas, y no parece en absoluto congruente que intenten «deificar» a Jesús. Además, en el mundo romano la figura del sabio es la del «estoico», impávido ante la muerte y el dolor y esta no es precisamente la descripción de los Evangelios de Jesús en el Huerto de los Olivos. Por tanto, todas las hipótesis de las escuelas racionalistas están en desacuerdo con la verdadera mentalidad de los Apóstoles, judíos de su tiempo.
Las narraciones evangélicas por su sencillez, colorido, ambiente arameizante, carencia de influencias de la filosofía religiosa dominante en el Imperio Romano, se presentan a nosotros con todas las garantías de la verdad histórica.
En conclusión, los datos históricos de los cuatro Evangelios son claros respecto a la figura histórica de Jesucristo.
2. Datos históricos en las Cartas de San Pablo
San Pablo no pretende escribir una historia de Jesús, tanto es así que sus escritos son cartas escritas con ocasión de algún suceso que le interesa comentar. Se les llama, también, epístolas, que es un término latino que significa cartas.
Pues bien, a través de este testimonio epistolar, aparece como una evidente realidad histórica la persona de Jesús. La fe de San Pablo se funda en la existencia histórica de Jesús de Nazaret, que predicó un mensaje de salvación. La fe de San Pablo no es la fe de un visionario sino la fe del que predica a Jesús de Nazaret.
San Pablo no conoció a Jesús durante su existencia terrena y, por tanto, no puede narrar detalles de la vida del Señor como los demás Apóstoles. Pero, aún así, en los escritos de San Pablo son muy frecuentes las alusiones históricas al Señor, cuya vida él conoce y presupone lógicamente que conocen sus oyentes.
San Pablo insiste en la humanidad de Jesús, que nace en un momento determinado de la historia de los hombres «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, bajo la ley» (Gal 4,4). Cristo es «nacido de la raza de David, según la carne» (Rom 1, 1-4). A Jesús le llama nacido de la raza de Abraham. Santiago, Obispo de Jerusalén, es el «hermano del Señor» (Gall, 19), según el modo de hablar de los judíos.
San Pablo no quiere probar la existencia histórica de Jesús, nadie dudaba de ello; es una realidad indiscutible la de «Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23). La historia de Jesús puede ser desconcertante pero es real. Jesús «hizo la buena confesión en presencia de Poncio Pilato» (1 Tim 6, 13). Describe la Pasión, y Resurrección de Jesús «Cristo murió por nuestros pecados..., fue sepultado, que resucitó al tercer día. ..y que se apareció a Cefas, luego a los Doce. Después se apareció una vez a más de quinientos hermanos, de los cuales muchos viven todavía, y algunos murieron; luego se apareció a Santiago, y luego a todos los Apóstoles, y después de todos, como a un abortivo, se apareció a mí» (1 Cor 15, 3-8). San Pablo escribe estos hechos unos veinticinco años después de la desaparición del Maestro, cuando muchos de los testigos de la vida del Señor viven todavía, y, por tanto, no es posible engañarles.
Además, San Pablo da otros muchos datos biográficos sobre Jesús. Trata de los preceptos del Señor, que abrazó una vida de pobreza, de sujeción a la ley, de obediencia al Padre, de santidad, que se entregó voluntariamente a sus enemigos, que instituyó la Eucaristía. Murió por Pascua, en tiempos de los Azimos. Los verdugos lo suspendieron con clavos en la Cruz, en las cercanías de Jerusalén. Sepultado, resucitó al tercer día, etc.
La fe de San Pablo no ha creado la figura de Jesús, sino que Jesús es el que ha dado origen a la fe paulina.
3. Los primeros cristianos
Atestiguan la existencia histórica de Jesús. Viven su fe y mueren por ella, porque es la fe predicada por Jesús de Nazaret, y no porque sean las ideas religiosas del ambiente que les rodea.
4. Testimonios judíos de la existencia histórica de Jesús
Una cosa es que oficialmente los judíos no aceptaran el mensaje de Jesús de Nazaret, su predicación de ser el Mesías, Hijo de Dios hecho Hombre, y otra muy distinta es que negaran su existencia histórica.
Ya antes hemos hecho notar la crítica a la figura de Jesús en los escritos de preeminentes judíos de su época.
Flavio Josefo (final s. 1), habla dos veces de Jesús en su obra «Antigüedad de los judíos». La primera se refiere a la muerte, el año 62 por instigación del Sumo Sacerdote Hanan, hijo del Anás de los relatos evangélicos, de Santiago el Menor que era «hermano de Jesús, llamado Cristo».
Otro texto, alude a Jesús, después de mencionar la brutal represión de Pilato contra los judíos, con motivo de la nueva traída de aguas a Jerusalén que pagó con el dinero del Templo y dice así: «En ese tiempo fue cuando apareció Jesús, hombre sabio (si se le puede llamar hombre). Pues fue el ejecutor de obras admirables, el Maestro de los que reciben con alegría la verdad y arrastró a muchos judíos ya otros procedentes del helenismo. (Era el Cristo). Denunciado por los de nuestra nación. Pilato lo condenó a suplicio de cruz; más quienes le habían amado desde el principio no cesaron de seguirle (porque se les apareció el tercer día resucitado, según lo habían anunciado los divinos profetas, así como otras maravillas). y hasta el presente subsiste la secta que por seguirle ha recibido el nombre de cristianos» .
Este texto es muy probable que esté interpolado en las partes indicadas entre paréntesis, pero aún así afirma rotundamente la existencia histórica de Jesús.
El testimonio del Talmud tiene mayor interés por ser el libro hebreo que pertenece a la legítima tradición judía.
Su denominación corriente es «Talmud Torah», y es una vasta compilación, en hebreo y arameo, que comprende dos libros distintos. Primer libro: El texto de la «Misnah» o Ley oral, cuya elaboración se termina antes del año 230, y Segundo libro: Las interpretaciones y comentarios, llamados «Guemsara» (en arameo, «completo»), que el texto anterior inspiró a los maestros y discípulos de las Academias de Palestina (Talmud jerosolimitano o mejor palestinense) y de Babilonia (Talmud babilónico ), desde la fecha indicada hasta el año 500.
En el Talmud babilónico se lee: «El día señalado para la ejecución, antes de la fiesta de la Pascua, se suspendió en un patlDulo a Jesús de Nazaret por haber seducido yengañado a Israel con sus encantamientos».
El judío Trifón del Diálogo de San Justino a mediados del siglo II, dice: «Jesús, el galileo, suscitó una secta impía y enemiga de la ley. Nosotros lo crucificamos. Sus discípulos robaron su cadáver del sepulcro durante la noche. y engañan y seducen a los hombres diciendo que resucitó y subió a los cielos».
Los judíos, lo enseñan todo estos testimonios, no pusieron nunca en duda el hecho de la existencia histórica de Jesús. Aunque a su evangelio le llamaban «Avengillajón», escrito malo, no niegan la existencia histórica de Jesús.
5. Datos históricos sobre Jesús en los escritos paganos
Los romanos tomaron inicialmente a los cristianos como una simple secta judía, que por su escasa importancia casi no mereció su atención. Es en el siglo II cuando aparecen testimonios escritos, algunos referidos a sucesos del siglo I.
Ya hemos citado a Tácito que hacia el año 116 escribe, en su Historia de Romfl, sobre el incendio de Roma, que Nerón atribuyó a los cristianos. También Plinio el Joven, en una Carta dirigida al emperador Trajano, año 112, da por sentado el origen histórico del cristianismo.
Suetonio refiere en su Vida de los Césares,el decreto de Claudio que «expulsó de Roma a los judíos, los cuales al impulso de Cristo (o Cresto) han sido una causa permanente de disturbios». El matrimonio cristiano, Aquila y Priscila, que San Pablo encuentra en Corinto, habían sido expulsados de Roma bajo Claudio el año 52 (Cfr Hech 18,3).
En el siglo II nadie discute la existencia histórica de Jesús.
En conclusión, los datos históricos sobre la existencia histórica de Jesús de Nazaret son irrefutables.
sábado, abril 05, 2008
Las principales fiestas del calendario judío
En la antigüedad las principales fiestas del pueblo Judío eran la Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.
Más recientes, aunque también importantes en tiempos de Jesús, son el Día de la expiación, el Día de la dedicación y los Purim [1].
Junto a estas festividades anuales hay que mencionar, por su importancia en la vida religiosa, el sábado y las neomenias.
El sábado era el día de la semana consagrado a Dios, en el que se conmemoraba la Alianza de Dios con su pueblo y la misma creación; su observancia está prescrita en el Decálogo.
Además del descanso de todo trabajo había una mayor actividad cultual en el Templo; a los sacrificios cotidianos se añadía el sacrificio de dos corderos, junto con una ofrenda. De esta forma, los sacrificios cotidianos se doblaban en sábado.
La neomenia o día de luna nueva era el primer día del mes, teniendo en cuenta que en Israel se sigue el calendario lunar. Estaba mandado que ese día hubiera un solemne holocausto de toros y carneros, junto con un sacrificio por el pecado. Como en el sábado, se observaba el descanso y era un día dedicado a alabar el nombre de Dios ya agradecer los beneficios divinos. Aunque su celebración fue decayendo, todavía se menciona en el Nuevo Testamento.
Las fiestas, por su parte, eran unos momentos privilegiados, distribuídos a lo largo del año, para revivir y agradecer los dones y la protección que Dios había dispensado a su pueblo.
Algunas tenían un carácter más profano, como la fiesta de los Purim, que se celebraba los días 14 y 15 del mes de Adar (febrero-marzo) y era precedida de un ayuno el día 13. En ella se recordaba que Dios había librado a su pueblo cuando éste se encontraba en situaciones muy difíciles. Para actualizar esta enseñanza se leía en las sinagogas el libro de Ester que narra la liberación de los judíos que vivían en Persia de las manos de su enemigo Amán, ministro del rey Asuero, gracias a Ester y Mardoqueo.
El nombre de la fiesta responde al modo en que Amán había establecido el día de la matanza de los judíos: lo había echado a suertes entre varios meses; la palabra hebrea purim significa precisamente "suertes".
Esta fiesta era la menos religiosa y no parece que tuviera especial relevancia en la Palestina del Nuevo Testamento.
Había otras fiestas de carácter entrañable y alegre, como la fiesta de la Dedicación (Janukah) que conmemoraba el día en que Judas Macabeo purificó el Templo de Jerusalén profanado tres años antes (en el 167 a.C.) por Antíoco IV Epifanes. El mismo Judas estableció que todos los años, el
25 del mes de Kisleu (diciembre), se celebrara la efemérides del gran acontecimiento.
En tiempos de Jesús se le daba también el nombre griego de fiesta de las Encenias (enkainia = inauguración). Ese día se ofrecían sacrificios en el Templo y se organizaban procesiones en las que se cantaban himnos y salmos. Se encendían muchas luces para iluminar el Templo, las sinagogas y las casas, por lo que fue llamada también "fiesta de las luces".
Hubo una fiesta que fue adquiriendo mayor relevancia de modo progresivo a los largo de la historia de Israel: es el Día de la expiación (Yom Kippur).
Se celebra el día 10 del mes de Tishré (Septiembre-octubre). Su principal característica era el elemento penitencial y su austera solemnidad. Se prescribía un ayuno riguroso y la abstención de toda clase de trabajos manuales. La fiesta tenía por finalidad borrar todos los pecados de la nación, incluidos los de los sacerdotes y los príncipes del pueblo, y expiar las faltas e impurezas que los sacrificios ordinarios no habían podido cancelar. Servía también para purificar el santuario de toda contaminación que el contacto con los hombres pecadores pudiera haber producido. En el Templo actuaba solamente el Sumo Sacerdote, con simples vestiduras sacerdotales de lino. Era el único día en el año en que podía entrar en el "Santo de los santos". En primer lugar el Sumo Sacerdote sacrificaba un novillo por sus pecados personales y por los pecados del linaje sacerdotal. Entraba a continuación en el "Santo de los santos", donde, entre otros ritos, tenía especial importancia la aspersión del propiciatorio con la sangre del animal sacrificado. Salía luego para una nueva ceremonia: de entre dos machos cabríos se escogía a suertes uno, que se sacrificaba por los pecados del pueblo. El sumo sacerdote volvía a entrar con la sangre de este animal en el "Santo de los santos", y hacía una nueva aspersión sobre el propiciatorio. Luego, con la sangre del becerro y del macho cabrío, ungía el altar de los holocaustos. Después de haber salido del Templo, el sumo sacerdote imponía las manos sobre la cabeza del otro macho cabrío que no había sido sacrifica- do, indicando con ello que cargaba sobre él todos los pecados y faltas, voluntarios e involuntarios, de los israelitas. Este animal era llevado al desierto, donde quedaba abandonado. La celebración continuaba luego con algunas lecturas bíblicas relativas a la fiesta y la recitación de varias oraciones. El Sumo sacerdote, poniéndose las vestiduras sacerdotales solemnes, sacrificaba otros dos carneros en holocausto -uno por él y otro por el pueblo- y realizaba el resto de los sacrificios acostumbrados, despidiendo finalmente al pueblo con una bendición. El Día de la Expiación era el día en que Israel se reconciliaba con Dios. Devolvía al pueblo hebreo el carácter de pueblo santo, mediante el perdón de todo lo que podía separarlo de su Dios, de todos los pecados que habían sido cometidos durante el año y habían quedado sin reparación. Junto a estas fiestas de las que ya hemos hablado, estaban las tres grandes solemnidades del año: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.
La Pascua (Pésaj), que se celebraba junto con la fiesta de los Acimos, era la principal de las fiestas anuales. En la Pascua se revivía la antigua tradición acerca de la salvación del pueblo de Israel, cautivo en Egipto, cuando el ángel exterminador pasó de largo de las casas de los hebreos e hirió mortalmente sólo a los primogénitos de los egipcios.
Se celebraba el 14 de Nisán, es decir, el día del primer plenilunio de primavera.
La fiesta de los Acimos, que se celebraba a la vez, se caracterizaba por la consagración a Dios de las primicias de la nueva cosecha del año. Además, ambas fiestas se debían celebrar, según el rito oficial establecido después del Destierro, en Jerusalén, y comenzar la noche con la que se inicia el 14 de Nisán comiendo la cena pascual. Se prolongaban durante una semana en la que estaba prohibido comer pan con levadura e incluso mantener levadura en las casas. Los días más solemnes eran el primero y el último, así como el sábado que caía entre el 14 y el 21 de Nisán. En los primeros tiempos después del Destierro el banquete pascual se celebraba como se describe en el capítulo 12 del libro del Éxodo: de pie, aprisa, como dispuestos para el viaje.
Con la penetración de las costumbres helenistas fue tomando cada vez más un carácter festivo: se comía recostado [2], duraba varias horas, y se ajustaba a un detallado ritual. El cordero se tenía a punto desde cuatro días antes [3]. El día del banquete, se llevaba a hombros -si era sábado atado con una cuerda- al Templo poco después del medio día. Tras la ofrenda del sacrificio vespertino, sobre las 2:30 de la tarde, lo degollaba allí el padre de familia o su representante. En el lado norte del altar de los holocaustos había ganchos en paredes y columnas donde se colgaban los corderos, ya desangrados, para desollarlos y destriparlos. Las criadillas, los riñones, el hígado y las partes grasas se llevaban al altar de los holocaustos y se quemaban. El cordero limpio, envuelto en su piel, era llevado a hombros a casa. Allí se le introducía un palo y se asaba sobre un fuego de carbón vegetal.
Hoy día es posible reconstruir con bastante certeza el modo en que se desarrollaba la cena pascual judía en la época de Jesús [4].
La fiesta de las semanas (Shebuot), o de Pentecostés, se celebraba siete semanas después de la Fiesta de los Acimos y tenía por objeto dar gracias a Dios por la terminación de la cosecha de cereales (trigo, centeno y cebada). Los Acimos y Pentecostés estaban en estrecha relación, puesto que se celebraban respectivamente al comienzo y al final de la recolección de cereales con un intervalo de siete semanas [5]. Como en Pascua, también en esta fiesta debían comparecer en el Templo todos los varones del pueblo de Israel; por esto eran muy numerosos los peregrinos que de todas partes y de todas las comunidades judías esparcidas por el mundo acudían a Jerusalén para la fiesta. Desde poco antes de la época en la que vivió Jesús esta fiesta se había convertido en el memorial de la renovación de la Alianza del Sinaí. Se recordaba con alegría el don de la Ley y se renovaba el compromiso que supone la Alianza. El ambiente de Pentecostés era festivo y alegre; se multiplicaban en todas partes los bulliciosos banquetes sagrados en los que tomaba parte toda la familia, con siervos y huéspedes.
La fiesta de los Tabernáculos (Sukkot) era la tercera de las grandes fiestas del año. Todos los varones israelitas debían presentarse en el Templo de Jerusalén. Se denominaba también fiesta de la recolección y tenía un carácter muy alegre, pues se celebraba la feliz terminación de la recolección de todos los productos agrícolas. Tenía lugar del 15 al 22 del mes séptimo del calendario judío, que corresponde más o menos a nuestro septiembre-octubre. Eran días de regocijo y de acción de gracias por los frutos de la tierra que Dios había dado al pueblo de Israel. El nombre tiene su origen en los tabernáculos, tiendas, cabañas o chozas, que los israelitas acostumbraban a levantar en los campos y en las viñas para vivir en ellas durante los días de la recolección. Con el paso del tiempo se dio a este hecho una significación histórica y religiosa: las tiendas conmemoraban los años en los que los hebreos habitaron como nómadas durante su peregrinación por el desierto.
A lo largo de los siete días que duraba la fiesta los israelitas solían vivir acampados. Esta fiesta tiene particular interés para el Nuevo Testamento, ya que constituye el escenario de algunos episodios de la vida de Jesús, concretamente los que corresponden al capítulo 7 del Evangelio de San Juan:
“Estaba próxima la fiesta judía de los Tabernáculos. Entonces le dijeron sus hermanos: Márchate de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces” [6].
Jesús no quería ir en esa ocasión en medio del bullicio de las grande caravanas que se dirigían a Jerusalén, sino que prefirió ir más discretamente acompañado sólo por sus discípulos:
“Una vez que sus hermanos subieron a Jerusalén, entonces él también subió, no públicamente, sino a escondidas” [7].
Acerca del desarrollo de la fiesta de los Tabernáculos, se puede decir que en Jerusalén cada uno de los ocho días festivos el Sumo Sacerdote rociaba el altar de los holocaustos con una gran copa de agua traída de la piscina de Siloé, para recordar el agua que brotó milagrosamente en el desierto y para pedir a Dios el don de la lluvia.
Se entiende así que Jesús aproveche el ritual de la fiesta para trasmitir su enseñanza:
“En el último día, el más solemne de la fiesta, estaba a clamó: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cree en dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva. Dijo esto del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” [8].
Otra costumbre de esta fiesta consistía en que la noche del se iluminaba el atrio de las mujeres con cuatro enormes lámparas, que reverberaban su claridad por toda Jerusalén, en recuerdo de minosa del Éxodo. También en este caso se entiende que, según el Evangelio
de San Juan, Jesús aprovechara el simbolismo de la luz en su predicación durante esos días:
“Yo Soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” [9].
[1] Una exposición detallada acerca de la celebración de las distintas fiestas religiosas en el Antiguo Israel puede verse en R. de VAUX, Instituciones del Antiguo Testamento, Barcelona 1964, pp. 610-648.
[2] Cfr. Jn 13, 23-25.
[3] Ex 12, 3.
[4] Cfr. H. HAAG, De la Antigua a la Nueva Pascua, Salamanca 1980, pp. 125-131.
[5] De ahí su nombre griego de Pentecostés = “quicuagésimo” día.
[6] Jn 7, 2-3.
[7] Jn 7, 10.
[8] Jn 7, 37-39.
[9] Jn 8, 12.
Más recientes, aunque también importantes en tiempos de Jesús, son el Día de la expiación, el Día de la dedicación y los Purim [1].
Junto a estas festividades anuales hay que mencionar, por su importancia en la vida religiosa, el sábado y las neomenias.
El sábado era el día de la semana consagrado a Dios, en el que se conmemoraba la Alianza de Dios con su pueblo y la misma creación; su observancia está prescrita en el Decálogo.
Además del descanso de todo trabajo había una mayor actividad cultual en el Templo; a los sacrificios cotidianos se añadía el sacrificio de dos corderos, junto con una ofrenda. De esta forma, los sacrificios cotidianos se doblaban en sábado.
La neomenia o día de luna nueva era el primer día del mes, teniendo en cuenta que en Israel se sigue el calendario lunar. Estaba mandado que ese día hubiera un solemne holocausto de toros y carneros, junto con un sacrificio por el pecado. Como en el sábado, se observaba el descanso y era un día dedicado a alabar el nombre de Dios ya agradecer los beneficios divinos. Aunque su celebración fue decayendo, todavía se menciona en el Nuevo Testamento.
Las fiestas, por su parte, eran unos momentos privilegiados, distribuídos a lo largo del año, para revivir y agradecer los dones y la protección que Dios había dispensado a su pueblo.
Algunas tenían un carácter más profano, como la fiesta de los Purim, que se celebraba los días 14 y 15 del mes de Adar (febrero-marzo) y era precedida de un ayuno el día 13. En ella se recordaba que Dios había librado a su pueblo cuando éste se encontraba en situaciones muy difíciles. Para actualizar esta enseñanza se leía en las sinagogas el libro de Ester que narra la liberación de los judíos que vivían en Persia de las manos de su enemigo Amán, ministro del rey Asuero, gracias a Ester y Mardoqueo.
El nombre de la fiesta responde al modo en que Amán había establecido el día de la matanza de los judíos: lo había echado a suertes entre varios meses; la palabra hebrea purim significa precisamente "suertes".
Esta fiesta era la menos religiosa y no parece que tuviera especial relevancia en la Palestina del Nuevo Testamento.
Había otras fiestas de carácter entrañable y alegre, como la fiesta de la Dedicación (Janukah) que conmemoraba el día en que Judas Macabeo purificó el Templo de Jerusalén profanado tres años antes (en el 167 a.C.) por Antíoco IV Epifanes. El mismo Judas estableció que todos los años, el
25 del mes de Kisleu (diciembre), se celebrara la efemérides del gran acontecimiento.
En tiempos de Jesús se le daba también el nombre griego de fiesta de las Encenias (enkainia = inauguración). Ese día se ofrecían sacrificios en el Templo y se organizaban procesiones en las que se cantaban himnos y salmos. Se encendían muchas luces para iluminar el Templo, las sinagogas y las casas, por lo que fue llamada también "fiesta de las luces".
Hubo una fiesta que fue adquiriendo mayor relevancia de modo progresivo a los largo de la historia de Israel: es el Día de la expiación (Yom Kippur).
Se celebra el día 10 del mes de Tishré (Septiembre-octubre). Su principal característica era el elemento penitencial y su austera solemnidad. Se prescribía un ayuno riguroso y la abstención de toda clase de trabajos manuales. La fiesta tenía por finalidad borrar todos los pecados de la nación, incluidos los de los sacerdotes y los príncipes del pueblo, y expiar las faltas e impurezas que los sacrificios ordinarios no habían podido cancelar. Servía también para purificar el santuario de toda contaminación que el contacto con los hombres pecadores pudiera haber producido. En el Templo actuaba solamente el Sumo Sacerdote, con simples vestiduras sacerdotales de lino. Era el único día en el año en que podía entrar en el "Santo de los santos". En primer lugar el Sumo Sacerdote sacrificaba un novillo por sus pecados personales y por los pecados del linaje sacerdotal. Entraba a continuación en el "Santo de los santos", donde, entre otros ritos, tenía especial importancia la aspersión del propiciatorio con la sangre del animal sacrificado. Salía luego para una nueva ceremonia: de entre dos machos cabríos se escogía a suertes uno, que se sacrificaba por los pecados del pueblo. El sumo sacerdote volvía a entrar con la sangre de este animal en el "Santo de los santos", y hacía una nueva aspersión sobre el propiciatorio. Luego, con la sangre del becerro y del macho cabrío, ungía el altar de los holocaustos. Después de haber salido del Templo, el sumo sacerdote imponía las manos sobre la cabeza del otro macho cabrío que no había sido sacrifica- do, indicando con ello que cargaba sobre él todos los pecados y faltas, voluntarios e involuntarios, de los israelitas. Este animal era llevado al desierto, donde quedaba abandonado. La celebración continuaba luego con algunas lecturas bíblicas relativas a la fiesta y la recitación de varias oraciones. El Sumo sacerdote, poniéndose las vestiduras sacerdotales solemnes, sacrificaba otros dos carneros en holocausto -uno por él y otro por el pueblo- y realizaba el resto de los sacrificios acostumbrados, despidiendo finalmente al pueblo con una bendición. El Día de la Expiación era el día en que Israel se reconciliaba con Dios. Devolvía al pueblo hebreo el carácter de pueblo santo, mediante el perdón de todo lo que podía separarlo de su Dios, de todos los pecados que habían sido cometidos durante el año y habían quedado sin reparación. Junto a estas fiestas de las que ya hemos hablado, estaban las tres grandes solemnidades del año: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.
La Pascua (Pésaj), que se celebraba junto con la fiesta de los Acimos, era la principal de las fiestas anuales. En la Pascua se revivía la antigua tradición acerca de la salvación del pueblo de Israel, cautivo en Egipto, cuando el ángel exterminador pasó de largo de las casas de los hebreos e hirió mortalmente sólo a los primogénitos de los egipcios.
Se celebraba el 14 de Nisán, es decir, el día del primer plenilunio de primavera.
La fiesta de los Acimos, que se celebraba a la vez, se caracterizaba por la consagración a Dios de las primicias de la nueva cosecha del año. Además, ambas fiestas se debían celebrar, según el rito oficial establecido después del Destierro, en Jerusalén, y comenzar la noche con la que se inicia el 14 de Nisán comiendo la cena pascual. Se prolongaban durante una semana en la que estaba prohibido comer pan con levadura e incluso mantener levadura en las casas. Los días más solemnes eran el primero y el último, así como el sábado que caía entre el 14 y el 21 de Nisán. En los primeros tiempos después del Destierro el banquete pascual se celebraba como se describe en el capítulo 12 del libro del Éxodo: de pie, aprisa, como dispuestos para el viaje.
Con la penetración de las costumbres helenistas fue tomando cada vez más un carácter festivo: se comía recostado [2], duraba varias horas, y se ajustaba a un detallado ritual. El cordero se tenía a punto desde cuatro días antes [3]. El día del banquete, se llevaba a hombros -si era sábado atado con una cuerda- al Templo poco después del medio día. Tras la ofrenda del sacrificio vespertino, sobre las 2:30 de la tarde, lo degollaba allí el padre de familia o su representante. En el lado norte del altar de los holocaustos había ganchos en paredes y columnas donde se colgaban los corderos, ya desangrados, para desollarlos y destriparlos. Las criadillas, los riñones, el hígado y las partes grasas se llevaban al altar de los holocaustos y se quemaban. El cordero limpio, envuelto en su piel, era llevado a hombros a casa. Allí se le introducía un palo y se asaba sobre un fuego de carbón vegetal.
Hoy día es posible reconstruir con bastante certeza el modo en que se desarrollaba la cena pascual judía en la época de Jesús [4].
La fiesta de las semanas (Shebuot), o de Pentecostés, se celebraba siete semanas después de la Fiesta de los Acimos y tenía por objeto dar gracias a Dios por la terminación de la cosecha de cereales (trigo, centeno y cebada). Los Acimos y Pentecostés estaban en estrecha relación, puesto que se celebraban respectivamente al comienzo y al final de la recolección de cereales con un intervalo de siete semanas [5]. Como en Pascua, también en esta fiesta debían comparecer en el Templo todos los varones del pueblo de Israel; por esto eran muy numerosos los peregrinos que de todas partes y de todas las comunidades judías esparcidas por el mundo acudían a Jerusalén para la fiesta. Desde poco antes de la época en la que vivió Jesús esta fiesta se había convertido en el memorial de la renovación de la Alianza del Sinaí. Se recordaba con alegría el don de la Ley y se renovaba el compromiso que supone la Alianza. El ambiente de Pentecostés era festivo y alegre; se multiplicaban en todas partes los bulliciosos banquetes sagrados en los que tomaba parte toda la familia, con siervos y huéspedes.
La fiesta de los Tabernáculos (Sukkot) era la tercera de las grandes fiestas del año. Todos los varones israelitas debían presentarse en el Templo de Jerusalén. Se denominaba también fiesta de la recolección y tenía un carácter muy alegre, pues se celebraba la feliz terminación de la recolección de todos los productos agrícolas. Tenía lugar del 15 al 22 del mes séptimo del calendario judío, que corresponde más o menos a nuestro septiembre-octubre. Eran días de regocijo y de acción de gracias por los frutos de la tierra que Dios había dado al pueblo de Israel. El nombre tiene su origen en los tabernáculos, tiendas, cabañas o chozas, que los israelitas acostumbraban a levantar en los campos y en las viñas para vivir en ellas durante los días de la recolección. Con el paso del tiempo se dio a este hecho una significación histórica y religiosa: las tiendas conmemoraban los años en los que los hebreos habitaron como nómadas durante su peregrinación por el desierto.
A lo largo de los siete días que duraba la fiesta los israelitas solían vivir acampados. Esta fiesta tiene particular interés para el Nuevo Testamento, ya que constituye el escenario de algunos episodios de la vida de Jesús, concretamente los que corresponden al capítulo 7 del Evangelio de San Juan:
“Estaba próxima la fiesta judía de los Tabernáculos. Entonces le dijeron sus hermanos: Márchate de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces” [6].
Jesús no quería ir en esa ocasión en medio del bullicio de las grande caravanas que se dirigían a Jerusalén, sino que prefirió ir más discretamente acompañado sólo por sus discípulos:
“Una vez que sus hermanos subieron a Jerusalén, entonces él también subió, no públicamente, sino a escondidas” [7].
Acerca del desarrollo de la fiesta de los Tabernáculos, se puede decir que en Jerusalén cada uno de los ocho días festivos el Sumo Sacerdote rociaba el altar de los holocaustos con una gran copa de agua traída de la piscina de Siloé, para recordar el agua que brotó milagrosamente en el desierto y para pedir a Dios el don de la lluvia.
Se entiende así que Jesús aproveche el ritual de la fiesta para trasmitir su enseñanza:
“En el último día, el más solemne de la fiesta, estaba a clamó: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cree en dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva. Dijo esto del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” [8].
Otra costumbre de esta fiesta consistía en que la noche del se iluminaba el atrio de las mujeres con cuatro enormes lámparas, que reverberaban su claridad por toda Jerusalén, en recuerdo de minosa del Éxodo. También en este caso se entiende que, según el Evangelio
de San Juan, Jesús aprovechara el simbolismo de la luz en su predicación durante esos días:
“Yo Soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” [9].
[1] Una exposición detallada acerca de la celebración de las distintas fiestas religiosas en el Antiguo Israel puede verse en R. de VAUX, Instituciones del Antiguo Testamento, Barcelona 1964, pp. 610-648.
[2] Cfr. Jn 13, 23-25.
[3] Ex 12, 3.
[4] Cfr. H. HAAG, De la Antigua a la Nueva Pascua, Salamanca 1980, pp. 125-131.
[5] De ahí su nombre griego de Pentecostés = “quicuagésimo” día.
[6] Jn 7, 2-3.
[7] Jn 7, 10.
[8] Jn 7, 37-39.
[9] Jn 8, 12.
domingo, julio 08, 2007
Los libros de la Biblia
¿Cuántos libros tiene la Biblia? ¿Qué diferencias hay entre las Biblias católicas y las Biblias protestantes? La Biblia no es un solo libro, como algunos creen, sino una biblioteca completa. Toda la Biblia está compuesta por 73 libros, algunos de los cuales son bastante extensos, como el del profeta Isaías, y otros son más breves, como el del profeta Abdías.Estos 73 libros están repartidos de tal forma, que al Antiguo Testamento (AT) le corresponden 46, y al Nuevo Testamento (NT) 27 libros.
De vez en cuando suele caer en nuestras manos alguna Biblia protestante, y nos llevamos la sorpresa de que le faltan siete libros, por lo cual tan sólo tiene 66 libros.
Este vacío se encuentra en el A.T. y se debe a la ausencia de los siguientes libros: Tobías, Judit, 1 Macabeos, 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y el de Baruc.
¿Por qué esta diferencia entre la Biblia católica y la protestante?
Es un problema histórico-teológico muy complejo. Resumiendo mucho, trataremos de contestar esta pregunta.
Primero vamos a explicar cómo se formó la colección de libros sagrados del A.T. dentro del pueblo judío. Y luego veremos cómo los cristianos aceptaron estos libros del A.T. junto con los libros del N.T. para formar la Biblia completa.
En tiempos de Jesucristo, encontramos que en Palestina el pueblo judío sólo aceptaba el A.T. Y todavía no habían definido la lista completa de sus libros sagrados, es decir, seguía abierta la posibilidad de agregar nuevos escritos a la colección de libros inspirados.
Pero desde hacía mucho tiempo, desde alrededor de los años 600 antes de Cristo, con la destrucción de Jerusalén y la desaparición del Estado judío, estaba latente la preocupación de concretar oficialmente la lista de libros sagrados. ¿Qué criterios usaron los judíos para fijar esta lista de libros sagrados? Debían ser libros sagrados en los cuales se reconocía la verdadera fe de Israel, para asegurar la continuidad de esta fe en el pueblo. Había varios escritos que parecían dudosos en asuntos de fe, e incluso francamente peligrosos, de manera que fueron excluidos de la lista oficial. Además aceptaron solamente libros sagrados escritos originalmente en hebreo (o arameo). Los libros religiosos escritos en griego fueron rechazados por ser libros muy recientes, o de origen no-judío. (Este último dato es muy importante, porque de ahí viene después el problema de la diferencia de libros.)
Así se fijó entonces una lista de libros religiosos que eran de verdadera inspiración divina y entraron en la colección de la Escritura Sagrada. A esta lista oficial de libros inspirados se dará, con el tiempo, el nombre de «Canon», o «Libros canónicos». La palabra griega Canon significa regla , norma, y quiere decir que los libros canónicos reflejan «la regla de vida», o «la norma de vida» para quienes creen en estos escritos. Todos los libros canónicos de la comunidad de Palestina eran libros originalmente escritos en hebreo-arameo.
Los libros religiosos escritos en griego no entraron en el canon, pero recibieron el nombre de «apócrifos», «libros apócrifos» (= ocultos), porque tenían doctrinas dudosas y se los consideraba «de origen oculto».
En el primer siglo de nuestra era (año 90 después de Cristo) la comunidad judía de Palestina había llegado a reconocer en la práctica 39 libros como inspirados oficialmente.
Esta lista de los 39 libros de A.T. es el llamado «Canon de Palestina», o «el Canon de Jerusalén».
Simultáneamente existía una comunidad judía en Alejandría, en Egipto. Era una colonia judía muy numerosa fuera de Palestina, pues contaba con más de 100.000 israelitas. Los judíos en Egipto ya no entendían el hebreo, porque hacía tiempo habían aceptado el griego, que era la lengua oficial en todo el Cercano Oriente. En sus reuniones religiosas, en sus sinagogas, ellos usaban una traducción de la Sagrada Escritura del hebreo al griego que se llamaba «de los Setenta». Según una leyenda muy antigua esta traducción «de los Setenta» había sido hecha casi milagrosamente por 70 sabios (entre los años 250 y 150 antes de Cristo).
La traducción griega de los Setenta conservaba los 39 libros que tenía el Canon de Palestina (canon hebreo), más otros 7 libros en griego. Así se formó el famoso «Canon de Alejandría» con un total de 46 libros sagrados.
La comunidad judía de Palestina nunca vio con buenos ojos esta diferencia de sus hermanos alejandrinos, y rechazaban aquellos 7 libros, porque estaban escritos originalmente en griego y eran libros agregados posteriormente.
Era una realidad que, al tiempo del nacimiento del cristianismo, había dos grandes centros religiosos del judaísmo: el de Jerusalén (en Palestina), y el de Alejandría (en Egipto). En ambos lugares tenían autorizados los libros del A.T: en Jerusalén 39 libros (en hebreo- arameo), en Alejandría 46 libros (en griego).
El cristianismo nació como un movimiento religioso dentro del pueblo judío. Jesús mismo era judío y no rechazaba los libros sagrados de su pueblo. Además los primeros cristianos habían oído decir a Jesús que El no había venido a suprimir el A.T. sino a completarlo (Mt. 5, 17). Por eso los cristianos reconocieron también como libros inspirados los textos del A.T. que usaban los judíos.
Pero se vieron en dificultades. ¿Debían usar el canon breve de Palestina con 39 libros, o el canon largo de Alejandría con 46 libros?
De hecho, por causa de la persecución contra los cristianos, el cristianismo se extendió prioritariamente fuera de Palestina, por el mundo griego y romano. Al menos en su redacción definitiva y cuando en los libros del N.T. se citaban textos del A.T. (más de 300 veces), naturalmente se citaban en griego, según el Canon largo de Alejandría.
Era lo más lógico, por tanto, que los primeros cristianos tomaran este Canon griego de Alejandría, porque los mismos destinatarios a quienes debían llevar la palabra de Dios todos hablaban griego. Por lo tanto, el cristianismo aceptó desde el comienzo la versión griega del A.T. con 46 libros.
Los judíos consideraban a los cristianos como herejes del judaísmo. No les gustó para nada que los cristianos usaran los libros sagrados del A.T. Y para peor, los cristianos indicaban profecías del A.T. para justificar su fe en Jesús de Nazaret. Además los cristianos comenzaron a escribir nuevos libros sagrados: el Nuevo Testamento.
Todo esto fue motivo para que los judíos resolvieran cerrar definitivamente el Canon de sus libros sagrados. Y en reacción contra los cristianos, que usaban el Canon largo de Alejandría con sus 46 libros del A.T., todos los judíos optaron por el Canon breve de Palestina con 39 libros.
Los 7 libros griegos del Canon de Alejandría fueron declarados como libros «apócrifos» y no inspirados. Esta fue la decisión que tomaron los responsables del judaísmo en el año 90 después de Cristo y proclamaron oficialmente el Canon judío para sus libros sagrados.
Los cristianos, por su parte, y sin que la Iglesia resolviera nada oficialmente, siguieron con la costumbre de usar los 46 libros como libros inspirados del A.T. De vez en cuando había algunas voces discordantes dentro de la Iglesia que querían imponer el Canon oficial de los judíos con sus 39 libros. Pero varios concilios, dentro de la Iglesia, definieron que los 46 libros del A.T. son realmente libros inspirados y sagrados.
En el año 1517 Martín Lutero se separó de la Iglesia Católica. Y entre los muchos cambios que introdujo para formar su nueva iglesia, estuvo el de tomar el Canon breve de los judíos de Palestina, que tenía 39 libros para el A.T. Algo muy extraño, porque iba en contra de una larga tradición de la Iglesia, que viene de los apóstoles. Los cristianos, durante más de 1.500 años, contaban entre los libros sagrados los 46 libros del A.T.
Sin embargo, a Lutero le molestaban los 7 libros escritos en lengua griega y que no figuraban en los de lengua hebrea.
Ante esta situación los obispos de todo el mundo se reunieron en el famoso Concilio de Trento y fijaron definitivamente el Canon de las Escrituras en 46 libros para el A.T. y en 27 para el N.T.
Pero los protestantes y las muchas sectas nacidas de ellos, comenzaron a usar el Canon de los judíos palestinos que tenían sólo 39 libros del AT.
De ahí vienen las diferencias de libros entre las Biblias católicas y las Biblias evangélicas.
Los 7 libros del A.T. escritos en griego han sido causa de muchas discusiones. La Iglesia Católica dio a estos 7 libros el nombre de «libros deuterocanónicos». La palabra griega «deutero» significa Segundo. Así la Iglesia Católica declara que son libros de segunda aparición en el Canon o en la lista oficial de libros del A.T. porque pasaron en un segundo momento a formar parte del Canon.
Los otros 39 libros del A.T., escritos en hebreo, son los llamados «libros protocanónicos». La palabra «proto» significa «Primero», ya que desde el primer momento estos libros integraron el Canon del A.T.
En el año 1947 los arqueólogos descubrieron en Qumram (Palestina) escritos muy antiguos y encontraron entre ellos los libros de Judit, Baruc, Eclesiástico y 1 de Macabeos escritos originalmente en hebreo, y el libro de Tobías en arameo. Quiere decir que solamente los libros de Sabiduría y 2 de Macabeos fueron redactados en griego. Así el argumento de no aceptar estos 7 libros por estar escritos en griego ya no es válido. Además la Iglesia Católica nunca aceptó este argumento.
Después de todo, nos damos cuenta de que este problema acerca de los libros, es una cuestión histórico-teológica muy compleja, y con diversas interpretaciones y apreciaciones. Con todo, es indudable que la Iglesia Católica, respecto a este punto, goza de una base histórica y doctrinal que, muy razonablemente, la presenta como la más segura.
Sin embargo, desde que Lutero tomó la decisión de no aceptar esta tradición de la Iglesia Católica, todas las iglesias protestantes rechazaron los libros Deuterocanónicos como libros inspirados y declararon estos 7 libros como libros «apócrifos».
En los últimos años hay, de parte de muchos protestantes, una actitud más moderada para con estos 7 libros e incluso se editan Biblias ecuménicas con los Libros Deuterocanónicos.
En efecto, han ido comprendiendo que ciertas doctrinas bíblicas, como la resurrección de los muertos, el tema de los ángeles, el concepto de retribución, la noción de purgatorio, empiezan a aparecer ya en estos 7 libros tardíos.
Por el hecho de haber suprimido estos libros se dan cuenta de que hay un salto muy grande hasta el N.T. (más o menos una época de 300 años sin libros inspirados). Sin embargo estos 7 libros griegos revelan un eslabón precioso hacia el N.T. Las enseñanzas de estos escritos muestran una mayor armonía en toda la Revelación Divina en la Biblia.
Por este motivo, se ven ya algunas Biblias protestantes que, al final, incluyen estos 7 libros, aunque con un valor secundario.
Quiera Dios que llegue pronto el día en que los protestantes den un paso más y los acepten definitivamente con la importancia propia de la Palabra de Dios, para volver a la unidad que un día perdimos.
sábado, junio 09, 2007
La Biblia y la Tradición
A menudo los hermanos evangélicos, discutiendo con nosotros los católicos, nos dicen: «¿Dónde habla la Biblia del purgatorio? ¿Dónde dice la Biblia que San Pedro fue a Roma? ¿De dónde sacan ustedes los católicos eso de que María es la Inmaculada Concepción y que subió al cielo en cuerpo y alma?».Para los evangélicos, la Revelación Divina y la Biblia son lo mismo. Es decir, para ellos solamente en la Biblia se encuentra toda la Revelación de Dios.
Ahora bien: ¿Es correcta esta posición? ¿Es cierto que la Biblia contiene todo el Evangelio de Cristo? ¿Qué dice la misma Biblia al respecto? Además, ¿quién reunió todos los libros inspirados que constituyen la Biblia? ¿Acaso no fue la Iglesia la que recibió el encargo de predicar el Evangelio por todo el mundo, hasta el fin de los tiempos? ¿Qué hubo primero: la Biblia o la Iglesia?
En este tema les explicaré por qué la Revelación Divina no abarca solamente la Biblia, como piensan los evangélicos, sino que la Revelación de Dios se manifiesta en la Tradición Apostólica y en la Biblia. Es un tema un poco difícil, pero fundamental para la comprensión correcta de la fe católica. Es un tema que ha sido causa de muchos malos entendidos entre la Iglesia Católica y las distintas iglesias evangélicas.
1. La Revelación Divina:
La Revelación es la manifestación de Dios y de su voluntad acerca de nuestra salvación. Viene de la palabra «revelar», que quiere decir «quitar el velo», o «descubrir».
Dios se reveló de dos maneras:
1) La Revelación natural, o revelación mediante las cosas creadas. Dice el apóstol Pablo: «Todo aquello que podemos conocer de Dios El mismo se lo manifestó. Pues, si bien a El no lo podemos ver, lo contemplamos, por lo menos, a través de sus obras, puesto que El hizo el mundo, y por sus obras entendemos que El es eterno y poderoso, y que es Dios» (Rom 1,19-20).
2) La Revelación sobrenatural o divina. Desde un principio Dios empezó también a revelarse a través de un contacto más directo con los hombres, mediante los antiguos profetas y de una manera perfecta y definitiva en la persona de Cristo Jesús, el Hijo de Dios. «En diversas ocasiones y bajo diferentes formas, Dios habló a nuestros padres, por medio de los profetas, hasta que, en estos días que son los últimos, nos habló a nosotros por medio de su Hijo» (Heb.1,1-2). Jesús nos reveló a Dios mediante sus palabras y obras, sus signos y milagros; sobre todo mediante su muerte y su gloriosa resurrección y con el envío del Espíritu Santo sobre su Iglesia. Todo lo que Jesús hizo y enseñó se llama «Evangelio», es decir, «Buena noticia de la Salvación».
2. ¿Cómo fue transmitida la Revelación Divina?
Para llevar el Evangelio por todo el mundo, Jesús encargó a los apóstoles y a sus sucesores, como pastores de la Iglesia que El fundó personalmente:
«Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo» (Mt. 28,18-20).
Aquí notamos cómo Jesús ordenó «predicar» y «proclamar» su Evangelio. Y de hecho los Apóstoles «predicaron» la Buena Nueva de Cristo. Años después algunos de ellos pusieron por escrito esta predicación. Es decir, al comienzo la Iglesia se preocupó de predicar el Evangelio. Por supuesto el Evangelio que Jesús entregó a los Apóstoles no estaba escrito. Jesús no escribió nunca una carta a sus Apóstoles; su enseñanza era solamente oral. Así lo hicieron también los Apóstoles.
3. La Tradición Apostólica
Este mensaje escuchado por boca de Jesús, vivido, meditado y transmitido oralmente por los Apóstoles, se llama «la Tradición Apostólica».
Cuando aquí hablamos de la Tradición» (con mayúscula), nos referimos siempre a la «Tradición Apostólica». No debemos confundir «la Tradición Apostólica» con la «tradición» que en general se refiere a costumbres, ideas, modos de vivir de un pueblo y que una generación recibe de las anteriores. Una tradición de este tipo es puramente humana y puede ser abandonada cuando se considera inútil. Así Jesús mismo rechazó ciertas tradiciones del pueblo judío: «Ustedes incluso dispensan del mandamiento de Dios para mantener la tradición de los hombres» (Mc.7,8).
La Tradición Apostólica se refiere a la transmisión del Evangelio de Jesús. Jesús, además de enseñar a sus apóstoles con discursos y ejemplos, les enseñó una manera de orar, de actuar y de convivir. Estas eran las tradiciones que los apóstoles guardaban en la Iglesia. El apóstol Pablo en su carta a los Corintios se refiere a esta Tradición Apostólica: «Yo mismo recibí esta tradición que, a su vez, les he transmitido» (1 Cor. 11, 23).
Resumiendo, podemos decir que Jesús mandó «predicar», no «escribir» su Evangelio. Jesús nunca repartió una Biblia. El Señor fundó su Iglesia, asegurándole que permanecerá hasta el fin del mundo. Y la Iglesia vivió muchos años de la Tradición Apostólica, sin tener los libros sagrados del Nuevo Testamento.
Solamente una parte de la Palabra de Dios, proclamada oralmente, fue puesta por escrito por los mismos apóstoles y otros evangelistas de su generación.
Estos escritos, inspirados por el Espíritu Santo, dan origen al Nuevo Testamento (NT), que es la parte más importante de toda la Biblia. Está claro que al escribir el NT, no se puso por escrito «todo» el Evangelio de Jesús.
«Jesús hizo muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros», nos dice el apóstol Juan (Jn. 21,25).
La Sagrada Escritura, y especialmente el NT, es la Palabra de Dios, que nos manifiesta al Hijo en quien expresó Dios el resplandor de su gloria (Heb.1,3).
Podemos decir que sólo la parte más importante y fundamental de la Tradición Apostólica fue puesta por escrito. Por esta razón la Iglesia siempre ha tenido una veneración muy especial por las Divinas Escrituras.
Después de esto podemos decir que la revelación divina ha llegado hasta nosotros por la Tradición Apostólica y por la Sagrada Escritura. No debemos considerarlas como dos fuentes, sino como dos aspectos de la Revelación de Dios. El Concilio Vaticano II lo describe muy bien: «La Tradición Apostólica y la Sagrada Escritura manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal y corren hacia el mismo fin». La Tradición y la Escritura están unidas y ligadas, de modo que ninguna puede subsistir sin la otra.
Además, la Sagrada Escritura presenta la Tradición como base de la fe del creyente: «Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, háganlo» (Fil.4,9). «Lo que aprendiste de mí, confirmado por muchos testigos, confíalo a hombres que merezcan confianza, capaces de instruir después a otros» (2. Tim. 2,2).
«Hermanos, manténganse firmes guardando fielmente las tradiciones que les enseñamos de palabra y por carta» (2 Tes. 2,15).
Está claro que el Apóstol Pablo, para confirmar la fe de los cristianos, no usa solamente la Palabra de Dios escrita, sino que recuerda también de una manera muy especial la Tradición o la predicación oral. Para el Apóstol las formas de transmisión del Evangelio: Sagrada Escritura y Tradición, tienen la misma importancia. En realidad, una vez que se escribió el NT no se consideró acabada la Tradición Apostólica, como si estuviera completa la Revelación Divina. La Biblia no dice eso; en ninguna parte está escrito que el cristiano debe someterse ¡sólo a la Biblia! Esta es una idea que surgió entre los protestantes recién en los años 1550. En la Iglesia Católica hubo siempre una conciencia clara sobre la importancia de la Tradición Apostólica, sin quitar a la Biblia el valor que tiene.
Es un error creer que basta la Biblia para nuestra salvación. Esto nunca lo ha dicho Jesús y tampoco está escrito en la Biblia. Jesús, reitero, nunca escribió un libro sagrado, ni repartió ninguna Biblia. Lo único que hizo Jesús fue fundar su Iglesia y entregarle su Evangelio para que fuera anunciado a todos los hombres hasta el fin del mundo. Fue dentro de la Tradición de la Iglesia donde se escribió y fue aceptado el N.T., bajo su autoridad apostólica. Además la Iglesia vivió muchos años sin el N.T., el que se terminó de escribir en el año 97 después de Cristo. Y también es la Iglesia la que, en los años 393-397, estableció el Canon o lista de los libros que contienen el N.T.
Por tanto, si aceptamos solamente la Biblia, ¿cómo sabemos cuáles son los libros inspirados? La Biblia, en efecto, no contiene ninguna lista de ellos. Fue la Tradición de la Iglesia la que nos transmitió la lista de los libros inspirados. Supongamos que se perdiera la Biblia, en ese caso la Iglesia seguiría poseyendo toda la verdad acerca de Cristo, la cual hasta la fecha ha sido transmitida fielmente por la Tradición, tal como lo hizo antes de escribir el NT.
Los evangélicos, al aceptar solamente la Biblia, están reduciendo considerablemente el conocimiento auténtico de la Revelación Divina. Guardemos esta ley de oro que nos dejó el apóstol Pablo: «Manténganse firmes guardando fielmente la Tradiciones que les enseñamos de palabra y por carta» (2 Tes. 2,15).
La Revelación Divina abarca la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura. Este depósito de la fe (cf. 1 Tim. 6, 20; 2 Tim. 1, 12-14) fue confiado por los Apóstoles al conjunto de la Iglesia. Ahora bien el oficio de interpretar correctamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia. Ella lo ejercita en nombre de Jesucristo. Este Magisterio, según la Tradición Apostólica, lo forman los obispos en comunión con el sucesor de Pedro que es el obispo de Roma o el Papa.
El Magisterio no está por encima de la Revelación Divina, sino que está a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido. Por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, el Magisterio de la Iglesia lo escucha devotamente, lo guarda celosamente y lo explica fielmente.
Los fieles, recordando la Palabra de Cristo a sus apóstoles: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc.10, 16), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas. El Magisterio de la Iglesia es un guía seguro en la lectura e interpretación de la Sagrada Escritura, «ya que nadie puede interpretar por sí mismo la Escritura» (2 Ped. 1, 20).
El Magisterio de la Iglesia orienta también el crecimiento en la comprensión de la fe. Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la comprensión de la fe puede crecer en la vida de la Iglesia cuando los fieles meditan la fe cristiana y comprenden internamente los misterios de la Iglesia. Es decir, el creyente vive la palabra de Dios en las circunstancias concretas de la historia y hace cada vez más explícito lo que estaba implícito en la Palabra de Dios.
En este sentido la Tradición divino-apostólica va creciendo, como sucede con cualquier organismo vivo.
Este es precisamente el significado que hay que dar a las definiciones dogmáticas, hechas por el Magisterio de la Iglesia.
1. Resumiendo, podemos decir que la Iglesia no saca solamente de la Escritura la certeza de toda la Revelación Divina.
2. La Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios, en el cual, como en un espejo, la Iglesia peregrinante contempla a Dios, fuente de todas sus riquezas.
3. El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios ha sido confiado únicamente al Magisterio de la Iglesia, a los obispos en comunión con el Papa.
4. La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan de Dios, están íntimamente unidos, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros. Los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de los hombres.
miércoles, noviembre 29, 2006
Doctrina y Errores Cristológicos de los primeros siglos

1) Los Símbolos de la Fe y su Raigambre Bíblica.
a) Símbolo – σύμβολον –
La palabra griega σύμβολον significaba la mitad de un objeto partido (por ejemplo, un sello) que se presentaba como una señal para darse a conocer. Las partes rotas se ponían juntas para verificar la identidad del portador [1]. Significaba también recopilación, colección o sumario.
El «símbolo de la fe» es una señal de identificación y de comunión entre los creyentes. El símbolo de la fe recopila las principales verdades de fe[2] (Cf. CEC. 188).
b) Homologías – o,.mologia–
Surgen en el Nuevo Testamento las denominadas o,.mologiaj [3], p.e. Mc 15,39: «Verdaderamente ... era el Hijo de Dios»; la de Pedro o la de la hermana de Lázaro.
Además existen de:
– Aclamación: Rm 10,9-10: «Jesús es Señor»;
– Fórmula de fe: Hch 18,5: «El Cristo era Jesús»;
– Hechos salvíficos: Rm 14,15;
– Himnos: Flp 2,11:«Jesús es Señor».
Al ir paulatinamente señalando las características de cada Persona divina, se van entregando definiciones que son el fundamento de las futuras Definiciones Dogmáticas, p.e. de Nicea (325), Constantinopla I (381).
2) La cristología según el Adopcionismo y Subordinacionismo[4].
El trasfondo de las herejías es salvar el monoteísmo.
a) La cristología según el Adopcionismo:
Su representante es Pablo de Samosata
En la doctrina adopcionista, la vinculación de Jesús con Dios se inscribía en la misma categoría que la elección de los profetas. En el bautismo en el Jordán habría descendido el Espíritu sobre Jesús y de este modo, y a través de él, se habría manifestado Dios. Pero Jesús sería simplemente un hombre a quien Dios confió una misión reveladora.
b) La cristología según el Subordinacionismo:
Su representante Luciano de Antioquia
El subordinacionismo es una doctrina que, con el fin de mantener con seguridad la unicidad de Dios, sostiene que el Hijo y el Espíritu Santo son en alguna manera inferiores al Padre, o no son consustanciales con él.
3) El Gnosticismo del Siglo II [5].
Gnósticos importantes: Valentín y Cerinto
La visión fundamental de la gnosis[6] se apoya en la contraposición dualista entre un mundo espiritual y divino por un lado, y el mundo material, por el otro.
Esta autoliberación por el conocimiento es una postura radicalmente contraria a la concepción cristiana
Atribuye exclusivamente a Dios la acción liberadora y enseña que el mundo material y sensible es bueno y que, por tanto, Dios puede estar presente también en las realidades históricas del hombre Jesús. También la concreción de la mediación salvífica de la Iglesia en los sacramentos, en cuantos medios de la unión de las criaturas con Dios excluye cualquier menosprecio gnóstico del cuerpo y del mundo.
4) Arrio[7] y El Concilio de Nicea –Asia menor – (Símbolo Niceno)
El arrianismo es una doctrina herética sustentada por Arrio (+336), presbítero de Alejandría, según la cual la Segunda Persona de la Trinidad no es Dios por esencia, sino una criatura, la primera, tan íntimamente relacionada con Dios, que el Padre la adopta como Hijo.
Su doctrina se podría esbozar de la siguiente manera:
– Sólo existe un Dios, que no es creado ni es engendrado;
– Por lo tanto, todo lo que existe es creado;
– El Verbo, Jesucristo, es creado antes que todo lo existente; luego es creado de la nada:
– Por eso, el Verbo puede encarnarse, puede cambiarse en hombre y puede ser llamado incluso «Hijo de Dios» (en sentido honorífico).
Es una doctrina muy lógica y comprensible, para exponerla, Arrio se apoya incluso en ciertas citas de la Escritura que llaman a Jesús “menor” que el Padre (Cf. Jn 17,3[8]; 14,28[9])
La Iglesia responde frente al tema con el concilio de Nicea[10] (325), donde se formula una profesión de fe (DH 125) definiendo de una vez para siempre la divinidad de Jesús. Se introducen conceptos, no bíblicos. En el Credo se dice:
a. Que Jesús es el único Señor y es hijo de Dios. Jesús es el Hijo y el Señor; no hay ninguna diferencia entre el sujeto Jesús y el sujeto Hijo;
b. Se afirma que no es hecho o creado, sino nacido unigénito del Padre (engendrado); engendrado no creado.
c. Se afirma que es de la misma sustancia (o,moousion[11]) del Padre (no nace de “cualquier forma”, sino de la misma realidad eterna, invisible, omnipotente que el Padre, es decir, consustancial); es de la misma sustancia o naturaleza;
d. Se expresa la igualdad junto con la procedencia: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero.
e. El Hijo es el mismo que “descendió” por nuestra salvación. Este Hijo se hace carne y hombre, pero de tal manera que sufre y muere por los hombres.
5) Apolinar y El Concilio de Constantinopla I –381– (símbolo niceno constantinopolitano)
La divinidad de Jesús fue definida claramente, sin embargo, ahora cabe la pregunta: ¿era verdadero y totalmente hombre?, ¿era sólo carne, cuerpo, en que habitaba el Verbo?
a) Apolinar[12] (+390)
Obispo de Laodicea (Siria), manifestaba que la Escritura dice que el Verbo se ha hecho carne, lo que le lleva a decir que en Jesús no existiría el alma, el Verbo habría tomado el lugar del alma. Jesucristo no sería como los demás hombres, pues le faltaba el alma; la unión entre carne y Verbo es imposible; es como la unión de dos realidades de la que resulta un ser que no es ni Dios ni hombre.
De estas premisas se seguirían la siguiente: María ha engendrado un cuerpo, que sólo es divino al unirse con el Verbo;
b) Concilio de Constantinopla I
– Creemos en un solo Dios...;
– Jesucristo...Engendrado antes de todos los siglos;
– Bajó del cielo y se Encarnó
– se encarnó de MAría, la Virgen y se hizo hombre.
6) Nestorio y el Concilio de Efeso (431).
a) Nestorio[13]:
Nestorio, distingue en Jesucristo al Verbo y a Jesús, entonces dice que: María es madre de Jesús o de Cristo, pero no es Madre de Dios. Jesús o Cristo es el que murió, pero no murió el Verbo.
Distingue dos sujetos, dos personas: una divina, eterna, inmortal, todopoderosa: el Verbo; otra humana, mortal, histórica, humilde: Cristo o Jesús.
La Iglesia condena a Nestorio: primero lo hace el Papa Celestino (430) y también lo hace el concilio de Efeso, tercer concilio ecuménico (Cf. DH 250).
7) El Monofisismo y Calcedonia
a) El Monofisismo
Representantes son Dióscoro y Eutiques
El monofisismo (una sola naturaleza, la divina), hacía prevalecer la divinidad del Verbo que sacrificaba la humanidad auténtica de Jesús, haciendo que la absorbiera la divinidad[14].
b) Concilio de Calcedonia (451).
Formula los siguientes elementos:
Usa una terminología certera y clara, hasta hoy vigente, extra bíblica, tomada del lenguaje filosófico. Usa equivalentemente «persona» y «sustancia o subsistencia», distinguiéndolas claramente de «naturaleza». El término persona, responde a «¿quién es?», y naturaleza a «¿qué es?».
Estructura literaria:
Un sujeto, «uno y el mismo», que se repite tres veces y del que se dicen dos columnas de predicados, una referida a la humanidad y la otra a la divinidad.
Contenido:
Incluye la tradición precedente. Jesucristo perfecto en la divinidad (contra Arrio) y perfecto en la humanidad (Contra Apolinar). Lo mismo cuando dice respectivamente: «Dios verdadero y hombre verdadero» y, cuando agrega «consustancial con el Padre» y «consustancial con nosotros». Contra Nestorio al distinguir entre el engendramiento eterno y el temporal en María.
Su aporte específico es señalar el cómo de la unión hipostática (en la persona del verbo).
Fórmula:
«...se ha de reconocer a UNO sólo, el mismo Cristo Hijo Señor Unigénito EN dos naturalezas[15]...; que se unene en la Hipóstasis (hipo: “bajo, debajo”; stasis: “estar de pie”): “lo que subyace, lo que da subsistencia a la persona.
Entonces, dos naturalezas en la Persona (Verbo); Él ejerce la naturaleza humana y la divina. En un solo sujeto, en una sola Persona concurren dos naturalezas que están unidas:
Sin confusión: Contra Eutiques –monofisitas– (que planteaba la absorción de la humana en la divina) las naturalezas no se confunden o mezclan;
Sin Cambio: Contra Arrio (que decía que dejaba de ser Verbo para ser hombre o confusión de una con otra: una en otra el Verbo no se cambia en hombre al encarnarse);
Sin dividirse: Una vez unidas las naturalezas de Jesús quedan íntimamente unidas, ya no puede darse “autonomía” de ellas (contra la yuxtaposición de Nestorio y monofisismo);
Sin separación posible: También ya no pueden separarse, unidas para siempre; conservando, eso sí, su distinción (contra Eutiques).
8) Constantinopla II (553) y III (680-681)
a) Constantinopla II (553)
El Concilio de Constantinopla II confirma y esclarece algunos puntos que habían quedado algo oscuros en Calcedonia:
v En Jesucristo hay una sola Persona, aún después de la unión del Verbo con la naturaleza humana;
v En Jesucristo hay dos naturalezas; estas naturalezas permanecen con sus propiedades después de la unión: «Unión de las dos naturalezas según composición (no yuxtaposición) en la naturaleza del Verbo» (DH 425);
v La unión con la naturaleza humana y divina se llama unión hipostática: «El Verbo de Dios se unió a la carne según la hipóstasis y por eso es una sola hipóstasis de él» (DH 426);
v La unión se realiza porque el Verbo se une a la carne (completa);
v Esta unión es en la hipóstasis o persona.
b) Constantinopla III (680–681)
Por su parte el Concilio Constantinopla III combate contra el monoenergismo: En Jesucristo sólo puede haber una acción divina-humana y el monotelismo: En Jesucristo sólo puede haber una sola voluntad. El concilio define:
v En Jesucristo hay dos voluntades, sin mezcla, sin división, sin cambio, sin separación (DH 555);
v Esas dos voluntades no son contrarias: la humana sigue a la divina (DH 553);
v También hay en Jesucristo dos operaciones: una divina y otra humana, que no se contradicen sino que la divina potencia y hace más perfecta a la humana (DH 556).
[1] Es una especie de «santo y seña», señal.
[2] “A lo largo de la historia, la Iglesia se ve obligada a reformular los datos cristológicos del N. T. por varias razones:
a) La lectura de la SS. EE. hecha continuamente bajo la luz del Espíritu Santo, lleva a la Iglesia a descubrir nuevos e importantes aspectos del misterio de Jesucristo.
b) La defensa de la fe contra los errores obliga a la Iglesia a reformular lo que es necesario creer y lo que es accesorio.
c) El encuentro con una nueva forma de pensar – la griega, la romana, la germana – lleva a la necesidad de explicar el misterio de Cristo en nuevos idiomas y culturas.
d) El interés por explicar más las verdades de fe, destacar el contenido salvador y sus consecuencias prácticas conducen a una ampliación de la visión de Jesucristo”. Cf. Jesús el Cristo, curso fundamental de cristología, Maximino Arias Reyero, Santiago, abril 1997, 7ª edición, pp. 289-290.
[3] En griego significan accuerdo, confesión (de fe o de pecados).
[4] Surgen debido a la dificultad de cómo relacionar a Jesús con Dios Padre: ¿dos dioses? ¿Cómo salvar el monoteísmo? Surgen las herejías como «malas soluciones al problema (Adopcionismo, subordinacionismo, monarquianismo).
[5] Ellos no aceptan la encarnación (mundo material es malo): «Dios no puede haberse encarnado». Además Jesús sería un eón (Cualquiera sería un eón, también Jesús, al nivel de cualquier otro miembro de este sistema (lo reduce). Este sistema “explicaría” todo...
[6] En griego “conocimiento”. Movimiento filosófico-teológico que considera el conocimiento como lo decisivo para la salvación. Nace antes del cristianismo con elementos de diversas culturas antiguas. Adquiere fuerza en el mundo judío y heleno desde el siglo I aC. Y se prolonga, también con elementos cristianos, hasta el siglo IV dC. Es dualista; el espíritu ha de ser liberado de la cárcel de la materia por medio del conocimiento en etapas sucesivas. Contiene elementos compatibles con el cristianismo, los cuales subyacen en algunas de sus expresiones. Otros contaminaron la fe y provocaron reacciones fuertes ya en escritos neo-testamentarios, como 1 y 2 Cor, Col, 1Jn, Judas. Posteriormente varias sectas heréticas, como los docetas y los valentinianos, aunque divergentes entre sí, profesaron ideas gnósticas, que incluían una visión negativa de la creación, negación de la encarnación, de la muerte y resurrección de Cristo, substitución de los sacramentos por ritos gnósticos mágicos, cambio del canon de las escrituras, etc. (Cf. Gnosis / Gnosticismo en Diccionario de términos religiosos y afines, Aquilino de Pedro, Editorial Verbo Divino – San Pablo, 4ª edición, Madrid 1998, p.117)
[7] Desea salvar el monoteísmo; es un adopcionista en el fondo. La segunda Persona de la Trinidad sería una creatura: Dios lo adopta como hijo (Jn 17,3; 14,28): Dios más grande que yo. Sólo u Dios, por lo que el Verbo es creado de la nada. Toda cosa que proceda de otra es menor: si Jesús tuvo un origen ya no puede ser como el Padre, por lo que sería inferior.
[8] “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”.
[9] “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo”.
[10] Toma Símbolo de Antioquía de Siria y le agrega términos.
[11] Unigénito; consubstancial; ahora en griego, primera vez términos extra bíblicos: las escrituras ya no bastan; (Vr. Griego).
[12] Ofrece solución a la unión del Logos y la Carne. El Logos se encarna en una naturaleza humana sin nous (parte intelecto), cumpliendo ese rol el Verbo Eterno; así se unen 2 seres incompletos haciendo 2 seres completos.
*Pertenecía a la Escuela Teológica Alejandrina, de línea más abstracta, lógica, filosofía platónica, de exégesis más especulativa, más espiritual –que también era una tendencia espiritual–, diferente de la:
*Antioquena que era más concreta, relacionada con lo concreto de las cosas, exégesis literal de las cosas.
[13] Salva la verdadera humanidad de Cristo (en vista de Apolinar): En Cristo sí hay verdadera humanidad, pero su problema está en que no acepta la unidad: «María no dio a luz también al Hijo Eterno del Padre. Fue Monje antioqueno designado patriarca de Constantinopla en el año 428; hombre de palabra cálida y celoso predicador contra las herejías, asceta en su propia vida y reformador del pueblo, se ganó en seguida la admiración popular. (Cf. Nestorio en Diccionario de términos religiosos y afines, Aquilino de Pedro, Editorial Verbo Divino – San Pablo, 4ª edición, Madrid 1998, pp. 189-190).
[14] El monoficismo considera que la Potencia Divina anula la natraleza humana: «es hombre, pero dominado totalmente por la divinidad».
[15] «EN DOS..», έκ δύο; έκ es una preposición estática que inidca en donde, de donde sale.
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